1. INTRODUCCIÓN
Hay una forma de sufrir que no aparece todavía en los manuales diagnósticos con toda su dimensión real. No tiene el dramatismo del infarto ni la visibilidad de la fractura. Llega despacio, como el agua que sube: en la angustia del agricultor que mira el cielo sin nubes durante semanas y sabe que la cosecha no llegará. En el insomnio del habitante de una zona de inundación que ya no puede confiar en la temporada de lluvias. En la tristeza difusa del joven que consume noticias climáticas y siente que el futuro es una promesa rota antes de comenzar. En el agotamiento del trabajador informal que sale al sol de las once del mediodía sin otra opción y llega a casa sin palabras.
Esta forma de sufrir tiene nombre, varios nombres, en realidad y tiene causas documentadas, mecanismos neurobiológicos identificados y consecuencias de salud pública que los sistemas de salud del mundo apenas están comenzando a dimensionar. Se llama ecoansiedad, solastalgia, duelo ecológico, estrés climático. Y representa, según la Organización Mundial de la Salud, una de las amenazas emergentes más significativas para la salud mental global del siglo XXI (OMS, 2022).
Colombia no es un espectador de esta crisis: es uno de sus escenarios más complejos. País tropical con dos océanos, tres cordilleras, selvas amazónicas, páramos únicos en el mundo y una vulnerabilidad climática documentada entre las más altas de América Latina, Colombia está expuesta simultáneamente a sequías, inundaciones, deslizamientos, olas de calor y variabilidad climática extrema asociada a los fenómenos de El Niño y La Niña. Entre enero de 1998 y diciembre de 2021, los desastres naturales afectaron a 21,5 millones de personas, dejaron 3.690 fallecidos, 675 desaparecidos y 6.173 heridos (Defensoría del Pueblo, 2024). Estas cifras representan daño físico y económico. Pero representan también, de manera mucho menos visible y medida, daño psicológico masivo y sostenido.
Este artículo propone una lectura integrada del cambio climático como determinante emergente de la salud mental, con el propósito de contribuir a una agenda pública colombiana que deje de tratar estas dos crisis como conversaciones separadas y las reconozca por lo que son: una sola realidad con dos rostros.
2. DESARROLLO
2.1. Lo que el clima le hace al cerebro: los mecanismos neuropsicológicos
Para comprender la relación entre cambio climático y salud mental, es necesario ir más allá de la intuición y entrar en los mecanismos concretos a través de los cuales los factores ambientales impactan el funcionamiento psicológico y neurobiológico del ser humano.
El calor extremo es el punto de partida más documentado. La neurociencia ha establecido que las altas temperaturas alteran directamente la actividad del sistema nervioso central, reduciendo los niveles de serotonina, el neurotransmisor asociado a la regulación del estado de ánimo, el control de los impulsos y la sensación de bienestar e incrementando la liberación de noradrenalina, asociada a estados de alerta y agresividad (American Psychiatric Association, 2023). Múltiples estudios epidemiológicos han documentado correlaciones significativas entre aumentos de temperatura y tasas de suicidio, comportamiento agresivo, admisiones psiquiátricas de urgencia y deterioro cognitivo en adultos mayores (Burke et al., 2018).
La exposición a desastres naturales activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, el sistema de respuesta al estrés del organismo produciendo liberación sostenida de cortisol. Cuando esta activación es aguda y puntual, el organismo la maneja con eficacia. Cuando es crónica y repetida como ocurre en comunidades expuestas a eventos climáticos recurrentes produce lo que la neurociencia denomina agotamiento alostático: el desgaste progresivo de los sistemas de regulación del estrés, con consecuencias que incluyen deterioro de la memoria, reducción de la capacidad de toma de decisiones, disminución de la respuesta inmune y vulnerabilidad aumentada a los trastornos depresivos y ansiosos (McEwen, 2008).
La contaminación del aire uno de los efectos colaterales más documentados de la crisis climática tiene también efectos directos sobre la salud mental. Un metaanálisis publicado en JAMA Psychiatry documentó que la exposición a partículas finas (PM2.5) se asocia con mayor riesgo de trastornos depresivos y ansiosos, posiblemente a través de mecanismos de neuroinflamación y estrés oxidativo en el sistema nervioso central (Braithwaite et al., 2019). El cerebro, en otras palabras, respira el mismo aire contaminado que los pulmones y paga un precio similar.
2.2. Ecoansiedad, solastalgia y duelo ecológico: los nuevos diagnósticos del siglo XXI
La psicología ambiental y la psiquiatría han desarrollado en los últimos años un vocabulario específico para nombrar formas de sufrimiento que antes no tenían nombre preciso no porque no existieran, sino porque la escala del problema no exigía aún su sistematización.
La ecoansiedad fue definida por la American Psychological Association en 2017 como el miedo crónico al deterioro ambiental. Glenn Albrecht, filósofo australiano que acuñó el término en 2019, la describió como 'el sentimiento generalizado de que los fundamentos ecológicos de la existencia están en proceso de colapso' (Albrecht, 2019). No se trata de una fobia irracional: es una respuesta psicológica comprensible y en muchos sentidos adaptativa ante una amenaza real y documentada. Una encuesta de 2018 encontró que el 72% de los jóvenes de entre 18 y 34 años afirmó que las noticias negativas sobre el medio ambiente afectaban su bienestar emocional, produciendo ansiedad, pensamientos acelerados o dificultad para dormir (Euroespes Health, 2024). En el Reino Unido, encuestas de 2020 documentaron que los jóvenes de 16 a 24 años estaban más angustiados por el cambio climático que por la pandemia de COVID-19.
La solastalgia, término también acuñado por Albrecht en 2003, combinando el latín solacium (consuelo) y el griego algos (dolor) describe el malestar emocional que surge cuando el entorno que una persona reconoce como hogar se transforma o deteriora de manera irreversible. No es nostalgia del pasado: es angustia ante la pérdida de un presente que ya no existe. Una revisión sistemática publicada en 2025, que analizó 19 estudios en países de todos los continentes, confirmó que la solastalgia se asocia positivamente con depresión, ansiedad y trastorno de estrés postraumático en personas afectadas por cambios ambientales (Sandquist et al., 2025). En Colombia, el campesino que ve desaparecer su páramo, la comunidad indígena que pierde su río, el pescador que ya no reconoce el mar todos experimentan solastalgia sin tener necesariamente una palabra para nombrarla.
El duelo ecológico, la tristeza profunda ante la pérdida de especies, ecosistemas, paisajes y modos de vida vinculados al entorno natural, completa este vocabulario emergente. Cunsolo y Ellis (2018) documentaron que el duelo por la pérdida ambiental puede ser tan genuino y clínicamente significativo como el duelo por la pérdida de un ser humano, y que su ausencia de reconocimiento social lo convierte en un duelo no validado, una de las formas de sufrimiento más difíciles de procesar psicológicamente.
"El cambio climático no solo destruye ecosistemas. También destruye identidades, pertenencias y proyectos de vida. Y esa destrucción tiene consecuencias psicológicas que los sistemas de salud no están preparados para atender a la escala que se requerirá." — OMS, Policy Brief on Mental Health and Climate Change (2022).
2.3. Colombia: un país tropical en el epicentro de la tormenta psicológica
Colombia ocupa una posición singular en este panorama global: es simultáneamente uno de los países con mayor biodiversidad del planeta y uno de los más expuestos a la variabilidad climática extrema. Esta combinación, riqueza ecológica + vulnerabilidad climática alta + desigualdad social profunda crea condiciones particularmente adversas para la salud mental de su población.
El país experimenta los dos extremos del espectro climático con una regularidad que ya no puede considerarse excepcional. Los eventos de La Niña traen lluvias extremas, inundaciones y deslizamientos que devastan comunidades rurales y urbanas con creciente frecuencia. Los eventos de El Niño traen sequías, estrés hídrico, pérdida de cultivos y hambre en regiones donde la agricultura es la única fuente de subsistencia. Según El Colombiano (2026), ambos fenómenos generan impactos diferenciados, pero igualmente devastadores: mientras La Niña concentra las muertes directas por desastre agudo, El Niño produce deterioro gradual y acumulado de la salud, la seguridad alimentaria y la estabilidad económica — condiciones que la investigación científica asocia consistentemente con mayor riesgo de trastornos mentales.
La Defensoría del Pueblo de Colombia documentó en su Informe de 2024 sobre Cambio Climático y Movilidad Humana que los efectos de los fenómenos climáticos extremos en el país producen vulneración sistemática de derechos fundamentales, incluyendo el derecho a la salud y a la vivienda digna (Defensoría del Pueblo, 2024). Lo que ese informe no pudo cuantificar con la misma precisión porque los sistemas de vigilancia epidemiológica aún no lo miden, es el daño psicológico acumulado de millones de colombianos que han vivido desplazamiento forzado por inundaciones, pérdida de cosechas, destrucción de viviendas y ruptura de tejido comunitario en el marco de una crisis climática que se intensifica cada año.
A esto se agrega la dimensión laboral. Colombia tiene más del 83% de ocupados informales en zonas rurales dispersas (DANE, 2026). Estas personas trabajan expuestas al sol, a la lluvia, al calor y al frío sin protección adecuada, sin sistemas de seguridad social que amortigüen el impacto de los eventos climáticos en sus ingresos, y sin acceso a servicios de salud mental cuando el estrés acumulado se convierte en crisis. La informalidad laboral no es solo un problema económico: es un multiplicador de la vulnerabilidad psicológica ante el cambio climático.
2.4. Los grupos más vulnerables: quiénes sufren más y por qué
La evidencia científica es consistente en identificar grupos poblacionales con vulnerabilidad diferenciada a los efectos del cambio climático sobre la salud mental. Comprenderlos es condición para diseñar políticas públicas que lleguen donde más se necesitan.
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Jóvenes y adolescentes: La ecoansiedad afecta con mayor intensidad a las generaciones que crecen con la conciencia de heredar un planeta deteriorado. Investigaciones recientes confirman que los jóvenes de 16 a 35 años muestran los índices más altos de angustia climática, con efectos documentados sobre el sueño, la concentración, la motivación y la salud mental general (APA, 2020; United for Global Mental Health & Climate Cares, 2025).
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Comunidades rurales y campesinas: Quienes dependen directamente de la tierra y el agua para vivir experimentan los efectos del cambio climático de manera inmediata y total. La pérdida de cosechas, la escasez de agua y la incertidumbre sobre la próxima temporada climática generan un estrés económico y existencial que las investigaciones vinculan consistentemente con tasas elevadas de depresión, ansiedad y, en casos extremos, suicidio (Clayton, 2021).
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Pueblos indígenas y afrodescendientes: En Colombia, estas comunidades tienen vínculos identitarios, espirituales y culturales profundos con sus territorios y ecosistemas. La degradación ambiental no solo amenaza su economía: amenaza su cosmovisión, su identidad colectiva y su sentido de continuidad cultural, una forma de pérdida que la psicología reconoce como especialmente devastadora para la salud mental comunitaria.
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Trabajadores del campo y de la construcción: La exposición física directa al calor extremo no solo produce daño físico, también produce deterioro cognitivo, alteraciones del estado de ánimo, fatiga crónica e irritabilidad documentada en la literatura sobre estrés térmico ocupacional (OIT, 2024).
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Socorristas y trabajadores de emergencias: La Asociación Americana de Psiquiatría ha documentado que quienes responden a desastres climáticos, bomberos, rescatistas, trabajadores de salud de emergencia tienen riesgo elevado de trastorno de estrés postraumático, depresión y burnout, dado que frecuentemente son simultáneamente víctimas y respondedores del mismo evento (APA, 2023).
2.5. El marco normativo colombiano: lo que existe y lo que falta
Colombia ha construido en los últimos años un marco normativo que, en términos formales, aborda por separado los dos pilares de esta crisis: la salud mental y el cambio climático. El reto y la oportunidad está en su articulación.
En salud mental, la Ley 2460 de 2025 fortalece el enfoque preventivo, integral, territorial e intersectorial de la política pública, y el Decreto 0729 de 2025 adopta la Política Nacional de Salud Mental 2025-2034 con énfasis en promoción, prevención y respuesta territorial. En el ámbito laboral, el Decreto 0728 de 2025 incorpora acciones de promoción de la salud mental en el Sistema General de Riesgos Laborales.
En lo referente a cambio climático, el país cuenta con la Política Nacional de Cambio Climático y el Plan Nacional de Adaptación, con objetivos de reducción de vulnerabilidades e incremento de la resiliencia institucional.
Sin embargo, ninguno de estos instrumentos ha cruzado explícitamente la línea que los conecta: ninguno reconoce formalmente el cambio climático como determinante de la salud mental ni establece protocolos intersectoriales para atender el daño psicológico de las poblaciones afectadas por eventos climáticos.
El resultado es que cuando una comunidad es inundada o desplazada por una emergencia climática, recibe si tiene suerte atención humanitaria para sus necesidades físicas inmediatas. Rara vez recibe atención psicosocial estructurada, y casi nunca seguimiento de salud mental a largo plazo.
La inversión de 150 millones de dólares anunciada para la Política Nacional de Salud Mental, orientada a crear 39 centros regionales de atención, es un avance significativo. Pero para que sea efectiva frente a la dimensión climática del problema, necesita incorporar explícitamente el componente de salud mental ambiental: equipos de atención psicosocial desplegados en zonas de alta vulnerabilidad climática, protocolos de respuesta psicológica ante desastres naturales, y sistemas de vigilancia epidemiológica que midan el impacto psicológico de los eventos climáticos con la misma rigurosidad con que se mide el daño físico y económico.
2.6. Lo que Colombia puede hacer: una agenda integrada posible
La intersección entre cambio climático y salud mental no es solo un problema: es también una oportunidad de liderazgo. Colombia tiene condiciones únicas para convertirse en referente latinoamericano en políticas públicas que integren estas dos dimensiones. Lo que se requiere es voluntad política, articulación institucional y una comprensión clara de que invertir en salud mental climática es más barato que pagar el costo humano y económico de ignorarla.
Las líneas de acción con mayor evidencia de efectividad incluyen: primero, el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia epidemiológica para medir indicadores de salud mental en poblaciones expuestas a eventos climáticos, con registros desagregados por región, género, edad y condición socioeconómica. Segundo, la formación de equipos de salud mental comunitaria con competencias específicas en atención psicosocial ante desastres naturales, desplegados en zonas de alta vulnerabilidad climática y articulados con los sistemas locales de gestión del riesgo. Tercero, la incorporación de la dimensión psicológica en los Planes de Adaptación al Cambio Climático a nivel departamental y municipal, reconociendo el bienestar mental como componente estructural de la resiliencia comunitaria. Cuarto, el desarrollo de programas de educación emocional climática en el sistema escolar, que permita a niños y jóvenes procesar la angustia climática de manera constructiva y desarrollar capacidades de resiliencia y agencia. Quinto, la articulación del Sistema General de Riesgos Laborales con la agenda climática, estableciendo protocolos de salud mental para trabajadores expuestos a estrés térmico, pérdida de medios de vida o emergencias ambientales.
3. CONCLUSIONES
La pregunta que titula este artículo ¿está el clima volviéndonos locos? no es retórica ni hiperbólica. Es una pregunta que la ciencia está respondiendo con evidencia creciente, sistemática y preocupante: sí. El cambio climático está afectando la salud mental de millones de personas en el mundo, y lo está haciendo a través de mecanismos neurobiológicos precisos, consecuencias psicológicas documentadas y efectos sociales que los sistemas de salud convencionales no están equipados para atender.
Colombia enfrenta este desafío desde una posición de doble vulnerabilidad: alta exposición climática y alta vulnerabilidad social. Pero también desde una posición de oportunidad única: un marco normativo reciente en salud mental, un presupuesto de salud en crecimiento, una biodiversidad que convierte la protección del territorio en una causa de salud pública, y una capacidad técnica e institucional para construir respuestas innovadoras que el resto de América Latina podría seguir.
Lo que esta crisis exige no es solo más inversión en salud mental ni más acción climática. Exige la comprensión de que ambas son la misma conversación. Que el río que se desborda no solo destruye casas: destruye historias, identidades y proyectos de vida. Que la sequía que arruina la cosecha no solo produce hambre: produce desesperanza. Que el trabajador que sale al sol de mediodía sin protección no solo arriesga un golpe de calor: arriesga su estabilidad emocional, su capacidad de cuidar a su familia y su dignidad como ser humano.
Colombia tiene la oportunidad y la responsabilidad de ser el país que lidere en América Latina la construcción de una política pública que reconozca esta verdad y la traduzca en acción. No el país que descubrió el problema demasiado tarde. Sino el que tuvo la visión de verlo antes de que la tormenta fuera imposible de contener.


