Introducción
Existe una diferencia clínica fundamental entre consumir una sustancia psicoactiva y desarrollar un trastorno por su consumo, y esa diferencia es, precisamente, la que la Encuesta Nacional de Salud Mental (ENSM) 2025 permite cuantificar con un nivel de detalle inédito para Colombia. Mientras que el 41,3 % de la población colombiana de 12 años o más consumió alguna sustancia psicoactiva en el último año, según los mismos resultados presentados por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Universidad de Antioquia, solo el 6,7 % de esa población desarrolló un trastorno por consumo clínicamente diagnosticable en ese mismo periodo (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026). Esta distinción no es un matiz técnico menor: es la diferencia entre el consumo ocasional o social de una sustancia y la pérdida de control sobre ese consumo que define, clínicamente, a la adicción.
Dentro de ese 6,7 % general, la encuesta reveló una brecha de género que merece atención prioritaria: 9,6 % de los hombres colombianos presentaron un trastorno por consumo de sustancias psicoactivas en el último año, frente a un 4,0 % de las mujeres, una proporción más de dos veces superior en la población masculina (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026). Esta diferencia, que en términos de magnitud equivale a decir que por cada diez hombres con este trastorno hay aproximadamente cuatro mujeres en la misma situación, confirma con datos nacionales de primera mano un patrón que la investigación internacional sobre adicciones ha documentado de manera consistente durante décadas.
Este artículo busca examinar no solo la magnitud de esta brecha de género, sino también el conjunto de factores que la propia ENSM 2025 identificó como asociados a un mayor riesgo de trastorno por consumo de sustancias: la presencia de ideación suicida, los trastornos de ansiedad y del estado de ánimo, el antecedente familiar de problemas con sustancias, y el nivel educativo de la persona. La tesis central de este artículo es que estos factores no deben leerse de manera aislada, sino como piezas de un mismo fenómeno de comorbilidad psiquiátrica que exige una respuesta clínica y de política pública integrada, y no programas de salud mental y de atención a las adicciones que operen de manera desconectada entre sí.
Desarrollo
1. La brecha de género en el trastorno por consumo de sustancias: qué dice la ENSM 2025 y qué dice la ciencia
La cifra de 9,6 % en hombres frente a 4,0 % en mujeres que reveló la ENSM 2025 no es un hallazgo aislado ni sorprendente para quienes estudian la epidemiología de las adicciones: es, en realidad, una de las diferencias de género más replicadas en toda la psiquiatría. Estudios de prevalencia en múltiples países han documentado de manera consistente que los trastornos por uso de sustancias son entre dos y tres veces más frecuentes en hombres que en mujeres, un patrón que se mantiene relativamente estable en distintos contextos culturales y económicos (Substance Abuse and Mental Health Services Administration, 2023; McHugh et al., 2018).
La explicación de esta brecha no es unidimensional. La investigación en neurociencia de las adicciones ha documentado diferencias biológicas relevantes en la forma en que los sistemas de recompensa de hombres y mujeres responden a las sustancias psicoactivas, con algunas evidencias de que las mujeres pueden progresar más rápidamente de un consumo inicial al desarrollo de dependencia una vez que comienzan a consumir, un fenómeno conocido en la literatura como telescoping o efecto de telescopio (Becker & Koob, 2016; McHugh et al., 2018). Esto sugiere una observación clínicamente relevante: aunque los hombres presentan mayor prevalencia general del trastorno, las mujeres que sí lo desarrollan pueden hacerlo de manera más acelerada, lo que no contradice la cifra de la ENSM 2025, sino que la complementa con un matiz importante para la práctica clínica.
A las diferencias biológicas se suman factores socioculturales ampliamente documentados: los hombres están expuestos, en la mayoría de las sociedades, a mayor presión social para el consumo de sustancias como demostración de masculinidad, a mayor disponibilidad de tiempo y espacios sociales asociados al consumo, y a menor estigma percibido al buscar o no buscar ayuda frente al consumo problemático, factores que en conjunto contribuyen a explicar por qué la brecha de género en el trastorno por consumo de sustancias suele ser más amplia que la brecha de género en el consumo ocasional de las mismas sustancias (Greenfield et al., 2010).
Que los hombres tengan más del doble de prevalencia de este trastorno no significa que las mujeres estén exentas de riesgo: significa que, cuando una mujer desarrolla este trastorno, suele hacerlo en un contexto de mayor estigma y, según la evidencia, con una progresión más rápida hacia la dependencia.
2. La comorbilidad psiquiátrica: por qué el trastorno por consumo casi nunca llega solo
Uno de los hallazgos más clínicamente relevantes de la ENSM 2025 es la identificación explícita de los factores que se asocian con mayor frecuencia al trastorno por consumo de sustancias psicoactivas. Según la encuesta, este trastorno es notablemente más frecuente en personas que reportan ideas de suicidio, con un 15,6 %; en personas con trastornos de ansiedad, con un 15,2 %; en personas con trastornos del estado de ánimo, con un 14,2 %, y en personas con antecedente familiar de problemas por uso de sustancias psicoactivas, con un 13,9 % (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026). Cada una de estas cifras supera ampliamente el 6,7 % de prevalencia general del trastorno en la población total, lo que confirma que el consumo problemático de sustancias rara vez aparece como un fenómeno aislado.
Esta concentración de factores es exactamente lo que la psiquiatría contemporánea describe bajo el concepto de comorbilidad psiquiátrica o diagnóstico dual: la coexistencia, en una misma persona, de un trastorno por uso de sustancias y otro trastorno mental, una combinación que la evidencia internacional documenta como la regla más que la excepción en la práctica clínica de las adicciones (Grant et al., 2016; Conway et al., 2006). La relación entre ambos tipos de trastorno suele ser bidireccional: los trastornos del estado de ánimo y de ansiedad incrementan el riesgo de consumo problemático de sustancias, frecuentemente utilizadas como una forma de automedicación frente al malestar emocional, mientras que el consumo sostenido de sustancias psicoactivas puede, a su vez, precipitar o agravar síntomas depresivos, ansiosos y de ideación suicida, generando un círculo de retroalimentación difícil de interrumpir sin tratamiento especializado (Khantzian, 1997; Hasin et al., 2018).
El dato más urgente de este conjunto es, sin duda, la asociación con la ideación suicida: que el 15,6 % de las personas con ideas de suicidio presenten también un trastorno por consumo de sustancias, más del doble que el promedio nacional, conecta directamente con la evidencia ya documentada sobre los principales factores asociados al riesgo suicida en Colombia, donde el estrés postraumático y los trastornos emocionales ocupan un lugar central. El consumo problemático de sustancias debe entenderse, a la luz de esta evidencia, como un multiplicador adicional de ese riesgo, y no como un problema independiente que pueda tratarse de manera desconectada de la salud mental general de la persona (Esposito-Smythers & Spirito, 2004).
3. El gradiente educativo: una brecha social que se repite con precisión matemática
La ENSM 2025 reveló, además, un patrón notablemente consistente entre el nivel educativo alcanzado y la prevalencia de trastorno por consumo de sustancias psicoactivas. Las personas sin ningún nivel educativo o con educación primaria presentaron la mayor prevalencia, con un 7,5 %; seguidas de las personas con educación secundaria, con un 7,0 %; las personas con formación técnica, con un 5,8 %, y, finalmente, las personas con educación universitaria, con la prevalencia más baja, un 4,7 % (Ministerio de Salud y Protección Social y Universidad de Antioquia, 2026). Esta progresión descendente, casi perfectamente escalonada según el nivel educativo, no es casual ni exclusiva de Colombia: replica un patrón documentado de manera consistente en la literatura internacional sobre determinantes sociales del consumo problemático de sustancias.
La evidencia sugiere que esta asociación opera a través de múltiples vías complementarias. La educación formal se asocia con mayor acceso a empleo estable, mejores ingresos, redes sociales de apoyo más amplias y mayor acceso a información sobre los riesgos del consumo de sustancias, factores que en conjunto constituyen lo que la literatura denomina capital social y económico protector frente al consumo problemático (Patrick et al., 2013). Al mismo tiempo, las personas con menor nivel educativo suelen estar sobrerrepresentadas en condiciones de mayor estrés socioeconómico, empleos informales o inestables, y menor acceso a servicios de salud mental que permitirían un abordaje preventivo antes de que el consumo se convierta en un trastorno clínico (Substance Abuse and Mental Health Services Administration, 2023).
Este gradiente educativo conecta, además, con un hallazgo presentado en el análisis previo sobre consumo de sustancias psicoactivas en Colombia: la encuesta había encontrado que la frecuencia de consumo de sustancias diferentes a alcohol y tabaco era más alta, precisamente, en personas con nivel educativo de secundaria y en personas en búsqueda de empleo. Leídos en conjunto, ambos hallazgos sugieren que la vulnerabilidad socioeconómica no solo se asocia con mayor probabilidad de consumir sustancias psicoactivas, sino también con mayor probabilidad de que ese consumo evolucione hacia un trastorno clínicamente significativo.
4. Lo que esta evidencia significa para las familias colombianas
Para los padres y madres de familia, la combinación de hallazgos presentados en este artículo ofrece una guía concreta de factores de alerta que merecen atención, particularmente en hijos adolescentes y adultos jóvenes varones, el grupo de mayor riesgo según la propia encuesta. La presencia simultánea de malestar emocional persistente — tristeza prolongada, ansiedad significativa, expresiones de desesperanza o ideación suicida— junto con el consumo de sustancias psicoactivas, incluyendo el alcohol, no debería interpretarse como dos problemas separados que requieren atención independiente, sino como una posible combinación de comorbilidad que, según la evidencia revisada, multiplica el riesgo de ambos componentes.
El antecedente familiar de problemas por uso de sustancias psicoactivas, presente en un 13,9 % de las personas con el trastorno según la ENSM 2025, añade un elemento adicional que las familias colombianas deberían considerar de manera explícita: si existe una historia familiar de consumo problemático de alcohol u otras sustancias, los hijos e hijas de esa familia pertenecen a un grupo de mayor vulnerabilidad biológica y ambiental, lo que justifica una conversación temprana y honesta sobre el consumo de sustancias, en lugar de esperar a que aparezcan señales evidentes de un problema ya instalado.
5. Implicaciones para los profesionales de la salud mental y del derecho
Para los psicólogos, psiquiatras y demás profesionales de la salud mental, el hallazgo de comorbilidad presentado por la ENSM 2025 refuerza una recomendación que la práctica clínica basada en evidencia ya sostiene desde hace años: ninguna evaluación de riesgo suicida, de trastornos de ansiedad o de trastornos del estado de ánimo debería considerarse completa sin una evaluación paralela y explícita del consumo de sustancias psicoactivas, y viceversa. Los protocolos de atención que tratan estos fenómenos de manera fragmentada —remitiendo, por ejemplo, el componente de consumo de sustancias a un programa distinto al que aborda la salud mental general del paciente— corren el riesgo de dejar sin tratar la mitad del problema, con el consiguiente riesgo de recaída en ambos frentes (Hasin et al., 2018).
Para los profesionales del derecho que trabajan en temas de salud pública, seguridad social y derechos de los pacientes, esta evidencia sobre comorbilidad ofrece un argumento sólido para exigir, ante el sistema de salud colombiano, la integralidad del tratamiento en casos donde coexisten un trastorno por consumo de sustancias y otro trastorno mental, en línea con los principios de atención integral establecidos en la Ley 1616 de 2013 y su reforma mediante la Ley 2460 de 2025. Negar la cobertura de uno de los dos componentes del tratamiento, cuando la evidencia científica demuestra su interdependencia, debilita la efectividad clínica de cualquier intervención y puede constituir, según el marco normativo vigente, una atención fragmentada que no cumple con el estándar de integralidad exigido por la jurisprudencia constitucional colombiana.
6. Implicaciones para la política pública colombiana
Para los formuladores de política pública, los hallazgos de la ENSM 2025 sobre trastorno por consumo de sustancias psicoactivas ofrecen, en conjunto, una hoja de ruta clara sobre dónde concentrar la respuesta institucional: programas dirigidos específicamente a hombres jóvenes, dado que presentan más del doble de prevalencia que las mujeres; estrategias de detección temprana en personas con trastornos de ansiedad, del estado de ánimo o ideación suicida, dado que estas condiciones casi cuadruplican el riesgo de trastorno por consumo respecto al promedio nacional, y programas de prevención focalizados en poblaciones de menor nivel educativo, donde la prevalencia es sustancialmente más alta.
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Integrar los servicios de atención a las adicciones con los servicios de salud mental general, evitando la fragmentación que la evidencia de comorbilidad hace clínicamente inadecuada.
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Diseñar programas de prevención del consumo problemático de sustancias dirigidos específicamente a hombres jóvenes, sin descuidar la atención a mujeres, que según la evidencia internacional pueden progresar más rápidamente hacia la dependencia una vez inician el consumo.
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Incorporar el tamizaje de consumo de sustancias psicoactivas como componente obligatorio de cualquier evaluación de riesgo suicida, dado que la ENSM 2025 encontró la asociación más fuerte precisamente entre estos dos factores.
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Focalizar recursos de prevención y educación sobre consumo problemático en poblaciones de menor nivel educativo, complementando estas estrategias con políticas más amplias de acceso a educación y empleo formal.
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Exigir, mediante los mecanismos legales disponibles, la integralidad del tratamiento en casos de diagnóstico dual, en cumplimiento de la Ley 1616 de 2013, su reforma de 2025 y la jurisprudencia constitucional sobre atención integral en salud mental.
Conclusión
El 6,7 % de la población colombiana que presentó un trastorno por consumo de sustancias psicoactivas en el último año, según la Encuesta Nacional de Salud Mental 2025, es una cifra que, leída de manera aislada, ya constituiría motivo de atención en salud pública. Leída junto con la brecha de género documentada 9,6 % en hombres frente a 4,0 % en mujeres y junto con los factores de comorbilidad identificados por la misma encuesta, ideación suicida, ansiedad, trastornos del estado de ánimo y antecedente familiar, esta cifra se transforma en algo más preciso y, por eso mismo, más útil: un mapa razonablemente claro de quién está en mayor riesgo, por qué razones, y con qué otras condiciones de salud mental ese riesgo tiende a presentarse de manera simultánea.
Lo que esta evidencia exige, tanto a las familias como a los profesionales de la salud mental y a quienes formulan política pública, es abandonar la idea de que el consumo problemático de sustancias es un fenómeno que puede entenderse o tratarse de manera aislada del resto de la salud mental de una persona. La comorbilidad documentada por la ENSM 2025 confirma, con datos nacionales de primera mano, lo que la psiquiatría internacional ha sostenido durante años: el trastorno por consumo de sustancias casi nunca llega solo, y las estrategias de prevención, detección y tratamiento que no reconozcan esta interdependencia están condenadas a una efectividad parcial.
El gradiente educativo identificado por la encuesta —desde un 7,5 % en personas sin escolaridad hasta un 4,7 % en personas con educación universitaria— añade, finalmente, una dimensión que ninguna estrategia de salud pública puede ignorar: el consumo problemático de sustancias en Colombia no es solamente un problema clínico individual, sino también un problema social atravesado por la desigualdad de oportunidades. Atender con seriedad esta alerta de salud pública implica, entonces, una respuesta que combine la atención clínica integral, la prevención diferenciada por género y la reducción de las brechas sociales que, según la evidencia disponible, siguen determinando quién tiene más probabilidades de cruzar la línea entre el consumo y la enfermedad.
Nota sobre recursos de apoyo
Este artículo aborda el trastorno por consumo de sustancias psicoactivas y su relación con la ideación suicida y otros trastornos mentales con fines informativos y de prevención, a partir de cifras oficiales recientemente publicadas. Si usted o alguien cercano presenta un patrón de consumo de sustancias que le preocupa, especialmente si se acompaña de malestar emocional persistente o pensamientos relacionados con quitarse la vida, se recomienda buscar evaluación profesional de manera oportuna. En caso de emergencia o riesgo inminente, puede comunicarse con la línea de salud mental de la Secretaría de Salud de su departamento o municipio.


